Simplemente amigos por Elena Savalza

Durante el ciclo de la vida, ninguna transición es sencilla. El pasar de bebé a infante, de niña a adolescente, de joven a adulto, de estudiante a profesionista, de soltera a casada, de casada a divorciada y tantos otros cambios que sufrimos en la vida supone siempre en nosotros cierto periodo de estrés y de adaptación. Incluso hay algunas chicas (¡no entiendo por qué!) a las que el simple hecho de cortarse el cabello o cambiarse el color, las llena de ansiedad.

El final de una historia, necesariamente marca el inicio de otra. Así es la vida, todo pasa, todo cambia y todo termina, muchas veces no sabemos a dónde nos puede llevar y las relaciones amorosas no son una excepción. Hoy quiero referirme específicamente a uno de los grandes dilemas de cuando una historia amorosa se termina: ¿ser o no ser… amiga de mi ex? De primera instancia, quizá muchas de ustedes estén pensando que enloquecí. Tranquilas: les aseguro que todo esto tiene una razón…

Ya les he contado que, por mi trabajo, de pronto debo hacer alguno que otro viajecito corto a algunas ciudades de nuestro país; pues bien, hace unas semanas tuve la fortuna, el privilegio y la gran dicha (sin exagerar) de estar en el hermosísimo Puerto de Veracruz. Mis días allá fueron agitados en cuanto a trabajo, pero también gratificantes y divertidos en el terreno personal. Estaba completamente feliz, compartiendo en Twitter y en Facebook toda la belleza y el folclore de las tradiciones de Veracruz, así como presumiendo de uno que otro platillo típico que me tocó comer de la vasta y deliciosa gastronomía jarocha (para quienes me hacen el favor de leerme fuera de México, la palabra “jarocho” se utiliza para nombrar a las personas originarias del Estado de Veracruz), cuando mi estatus recibe un “like” en particular: era él.

Había estado “saliendo”, por llamarlo de alguna forma, con un chico con el cual la relación había sufrido muchas altas, pero más bajas. A pesar de eso, debo reconocer que compartíamos muy buenos momentos juntos y que despertar con él de cuando en cuando me hacía mantener una sonrisa durante todo el día. Durante algunos meses me sentí enamorada de él, aunque estuve siempre consciente de lo poco probable que era que “lo nuestro” pasara a ser algo más serio, porque ni mis condiciones actuales ni las suyas se ajustaban al escenario ideal para sostener una relación formal. Aún así, era bonito saber que él estaba allí, a sólo unos pasos y siempre dispuesto a escucharme, consentirme y apapacharme…

Estaba terminando mi segundo día de actividades, llegando a mi cuarto de hotel, cuando veo su “like”. Hasta entonces caí en la cuenta de algo que me heló más que el viento del norte: si no es por esa “señal de vida” y esa muestra de que, a la distancia, él estaba pensando de alguna forma en mí, yo me habría olvidado de recordarlo. Este viaje no era como en los tantos otros en los que, alejarme, irremediablemente iba de la mano con extrañarlo. Tuve que ir hasta el otro océano para darme cuenta de algo que no había querido admitir: ya no lo extrañaba…

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