¡Verano a la italiana!

por Magaly Padilla / Reporteras de guardia

Vacaciones de verano. En México, para los simples mortales como yo, esto no significa mucho, sobre todo si no eres estudiante.

Los más afortunados tendrán un par de semanas para descansar y otros podrán disfrutar de  un corto pero intenso fin de semana en Acapulquito.

Pero la mayor parte (padres de familia), sufren este periodo, pues significa que los niños estarán sin clases y que será necesario encontrarles alguna actividad buena bonita y barata, además de un “asilo político” con algún familiar que se apiade y los cuide en las tardes (benditos abuelos, ¿qué haríamos sin ellos?).

Pero en Italia el verano es totalmente diferente. Es como vivir una dimensión paralela. La gente comienza a hablar de ello desde… desde que termina… ¡y ya se espera con ansias que llegue el próximo!

Las mujeres se ponen a dieta y  los hombres a hacer abdominales desde 6 meses antes. En las oficinas, el mercado, las cafeterías, por la calle, etc., no se habla de otra cosa que de las famosas vacaciones de verano. Tanto, que si uno (como simple mortal acostumbrado a un simple fin de semana en Oaxtepec) para junio no tiene aún un programa vacacional en puerta, le miran de una manera muy extraña… ¡hasta con pena!

Afortunadamente para mi, vivo muy cerquita de la playa. Puedo ir incluso caminando y pasar todo el día echada al sol cual lagartija. Desafortunadamente para mi, no soy del tipo playa-sol-arena-sudor-manchas en la cara.

Si, llámenme  anormal, apretada, desadaptada. Y no es que no me guste el mar, lo adoro, me encanta, pero sencillamente no me gusta sudar como enferma y estar pegajosa todo el día.

El problema es que viviendo en sociedad, a uno si le pueden esas miradas sospechosas que le siguen por todos lados cuando en verano la piel es cinco tonos más clara que la de una gallina con hepatitis, sobre todo si las calles se convierten en pasarelas donde todos son hermosos, bronceados y tonificados.

Es demasiado para una simple mujer de provincia, pues mi fuerza de voluntad no es tan fuerte. La presión social me obligó a ceder y decidí que  este verano nadie me haría el feo.

Me puse a dieta (pero solo 15 días antes; soy principiante), me compré un nuevo bikini, un bronceador sin protección solar (¡es broma, mamá!) y me preparé psicológicamente para un verano en el mar. Ahí la llevo, debo aceptar que una vez que te haces a la idea, la cosa no es tan terrible.

El ambiente que se vive en las playas es material para otro articulo, pues hay mucha tela de donde cortar pero les puedo comentar que por un lado están las familias, desde los bebés hasta los abuelitos, todos reunidos bajo una sombrilla y disfrutando de un día más en el mar. Yo juego a calcular cuántos días llevan ahí, por el nivel del bronceado o “chamuscado”, y si sonríen es más fácil adivinar, por el contraste.

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