¿Quién Soy? por Wendy Madera Maldonado

A veces me pregunto quien realmente soy, ¿soy lo que parezco? O ¿soy lo que siento? O mejor aún ¿soy lo que pienso? Así de complejos somos los seres humanos. Pensamos y sentimos muchas veces lo opuesto. Y para el colmo de males terminamos haciendo algo que nada tiene que ver ni con lo que sentimos ni con lo que pensamos.

Entonces al final de cuentas ¿quién soy? Soy mis emociones que a veces me dominan, llevándome a un torbellino de sensaciones. O soy mi raciocinio que a veces me limita o que del letargo me despierta. O soy mis actos que a veces se desencadenan y de mi voluntad y designio se alejan.

Y para complicar aún más este escrito me pregunto, ¿soy también lo que deseo ser? ¿Todos esos sueños, todas esas metas, todos esos objetivos inalcanzables forman también parte de mi ser? O solo son prejuicios e ideas generadas por mi ambiente o sociedad que solo están allí para llenarme de frustraciones y decepciones o bien para estimularme y orientarme en el camino a seguir. Pero de qué ruta hablo, de la que quiero seguir, o del que me impone el sistema. Y si mi ambiente puede imponerme voluntades, por regla de tres, entonces no soy mas que un producto de la sociedad en la que vivo.

¿Quién soy? Soy lo que mis emociones sienten, lo que mis pensamientos deciden, lo que mis actos provocan, lo que mis frustraciones afloran, lo que mis éxitos alcanzan, lo que aparento ser y no soy, lo que deseo ser y no puedo, lo que la sociedad intenta que sea y me rebelo.

O simplemente soy una mezcla de todo en mayor o menor proporción según el antojo del propósito divino o de mi propia naturaleza caída. Porque claro también soy quien no quiero ser, quien no me dejan ser y quien no puedo ser.

¿Entonces quienes somos? ¿Quién eres tú?

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Lo paseado y lo bailado por Laura Zita

“Patrioterías”

Lo paseado y lo bailado

Por: Laura Zita

Estoy regresando a México, después de casi dos años de luchar contra el frío y los días nublados de Francia. No es de la manera que esperaba, pero aun así me da mucho gusto ver de nuevo a mi familia. Siento una extraña combinación de conocido – desconocido. Es mi tierra, mi país, pero de alguna manera ha cambiado o he cambiado yo.

Me siento hoy un poco como extranjera, las calles se ven igual a como las recordaba, la gente, el clima, pero el aire es diferente. Cuando fui por primera vez a Francia esa fue una de las sensaciones más divertidas, el aire olía tan diferente. Era un aire fresco y perfumado. Hace apenas unos días cuando llegué al aeropuerto de la ciudad de México, mi primer instinto fue aspirar el aire. Gran error, es una de las ciudades más contaminadas del mundo y no fue exactamente la sensación que estaba buscando.

Llegando a Querétaro, todo cambió. Con solo ver la cara de mi mamá, de mi hermana y de mis sobrinos sentí la paz que da la familia.

Me está costando un poco de trabajo organizar mis ideas. Todo fue tan repentino, tan brutal. No esperaba regresar hasta diciembre para pasar la navidad con la familia. Hoy tengo que recomenzar a construir mi vida aquí. Tengo que estar serena y centrada para darles confianza a mis hijas y para no pensar en la pérdida.

Hace dos años, cuando decidí junto con mi pareja empezar una nueva vida juntos en Francia. La ilusión hacía que mis pies flotaran. Nada parecía demasiado difícil si estaba tomada de su mano. La realidad fue otra, muy diferente. La expatriación tiene un costo: el duelo de sentir que no formas parte del ambiente, que todo lo que te era conocido y familiar no existe más, que tus relaciones más cercanas están tan lejos que no puedes contar con ellas como lo hacías en tu país natal.

Yo deseaba intensamente un cambio. Estaba cansada de hacer lo mismo, de escuchar que mi curiosidad natural me pedía que abriera mis alas y me aventurara fuera de mi capullo. Nunca pensé que este capullo, justamente, era el que me tenía protegida. Mis hermanas, mi madre, mis amigos eran esa red de seguridad que me hacía pensar que podía lograrlo todo. Fuera de México, junto con las costumbres, el idioma diferente y el clima también existen otros valores que no siempre son compatibles con los que me inculcaron en casa.

En este nuevo país, aprendí a conocerme más, a enfrentar mis miedos y muchas veces dejarme sucumbir por ellos.

Es mucho más sencillo en teoría. La aventura puede ser tanto buena como mala y no siempre las historias tienen un final feliz. Me siento muy orgullosa de haber logrado varios de mis sueños: tener un nuevo bebé, vivir en el extranjero y encontrar el amor. No todo salió bien, las expectativas eran muy altas, supongo. Pero hoy sé que por más glamoroso que parezca la aventura de vivir en otro lugar del mundo, también requiere mucho valor, fuerza y un toque de locura.

Lo paseado y lo bailado, ¿quién me lo va a quitar? Nadie. Sin embargo, también traigo algunas heridas que van a tardar en sanar y también me han marcado de por vida.

Aún no sé bien cual va a ser el final de esta historia, que es digna de un libro y que espero algún día poder escribir. Una de las mejores experiencias fue y es el haber conocido a muchas otras mujeres mexicanas que valientemente se enfrentan día con día a la adaptación en un nuevo país que no siempre recibe a los extranjeros con los brazos abiertos. El presente se ve un poco oscuro, pero el futuro nuevamente está en mis manos y las manos pequeñas de mis niñas que me agarran con fuerza y me recuerdan que vale la pena, siempre vale la pena luchar por estar bien, feliz y en paz.